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Durante más de un lustro habían sido un grupo de rock de éxito razonable, apreciado por los enterados y una corte de groupies de lujo entre las que estaba Kate Moss. Pero algo sucedió cuando terminaron Only by the night, su cuarto disco. La radio estadounidense, que antes les había ninguneado, machacaba sus singles. Pasaron a llenar estadios y su álbum vendió más de seis millones de copias. Oficinistas, universitarios, amas de casa: todos les escuchaban. Sin aviso, los tres hijos (y un sobrino) de un predicador se encontraron jugando en primera división.

A Caleb, le costó digerirlo: “No sabía si nuestros fans eran genuinos o si compraban nuestros discos porque éramos el grupo que molaba en ese momento. Veía al público enloquecer con un par de canciones y pensaba que esas 50.000 personas sólo venían por dos singles”, admite en un hotel londinense, mientras sorbe champán rosado. Eran estrellas de rock, vivían rodeados de mujeres guapas y en una fiesta constante. Muchos venderían su alma al diablo por menos, pero Caleb no estaba satisfecho. Describió su single súper ventas Sex on fire como “ese pedazo de mierda” y se quejó públicamente de que su música pudiera gustarle a un tipo de mujer “con vaqueros de madre” que antes no le permitía ni acercarse a sus hijas.

Mientras bregaba con sus demonios, Caleb sintió que aborrecía Nueva York y añoraba el hogar sureño donde se estrenó como rockero. Empezó a construirse una casa en Tennessee. Y sobre ese idealizado sur estadounidense, imaginó su quinto disco, Come around sundown: “No es que volvamos a tocar como al principio, porque ese sonido procedía de nuestras limitaciones como músicos. Ahora no podríamos hacerlo tan mal”, explica. “Pero sí que nos entró nostalgia”. Lo que no quiere decir que todos sus compañeros de grupo quisieran reflejarlo en su nuevo trabajo: “Mantuvimos una guerra interna. Yo tiraba al hogar, a nuestras raíces: mis favoritas son Mary o Mi amigo. En cambio, Jared y Matthew querían algo más moderno, como Pyro y The End”.

El resultado es un sonido que no se casa con nadie y deja regusto a transición. Al menos, el proceso resultó curativo para la banda y Caleb dejó de atormentarse: “He sido pintor de paredes, camarero. A los 16 años tenía dos o tres trabajos para ayudar a pagar las facturas a mi madre. Ahora subo al escenario a tocar la guitarra durante dos horas. Qué más puedes pedir, tenemos la mejor vida del mundo. He madurado. No me importa si hay gente que va a nuestros directos conociendo una sola canción. Puede que hayan tenido que trabajar duro toda la semana para pagar su entrada”.

Su visión de Nueva York también cambió: “La percibíamos como una enorme, oscura y terrorífica ciudad donde nos poníamos hasta arriba de drogas. Ya no la veo así. Me he dado cuenta de que en ella también viven familias. Cuando voy a comer con mi novia (la modelo Lily Aldrige), me encuentro con niños”. Por si fuera poco, ha aceptado que Kings of Leon sea un grupo etiquetado como rock de estadio: “Trabajamos duro. La razón por la que la mayoría de los grupos no tocan en estadios es que no se lo curran”.

No se referirá Caleb a sus dotes como comunicador en vivo. Porque en concierto, los integrantes de Kings of Leon van al grano, enmudecen entre canciones y pasan de jalear al público: “Debemos encontrar maneras de conectar con la audiencia”, admite. “Todavía no somos una buena banda de estadios. Sé que no hablo bien en público. Hago lo que puedo, pero temo ofender o decir chorradas”.

Quizás se las reserve para cuando canta. Por ejemplo, en Mi amigo, en cuya letra asegura que la tiene muy grande: “En todos los discos tenemos un momento subido de tono. En Aha shake heartbreak estaba Soft. Luego vino Sex on fire. Es algo que hago para captar la atención, aunque diga mentiras como en Mi amigo [risas]. La gente se lo toma en serio y creen que soy un estúpido”. Reconciliado con el mundo, ¿ha dejado de pensar que Sex on fire es “terrible”?: “Es una de mis preferidas en directo. No tengo ni que cantar, lo hace todo el publico”.

Hoy Caleb está de resaca tras una noche bebiendo en la habitación del hotel. Según dice, las curdas es el único tipo de desmadre que se permiten ahora: “No salimos por clubes. Preferimos volver a la infancia perdida: jugar al billar, los bolos, los dardos o el minigolf. Borrachos perdidos, eso sí”. Atrás quedó el día en que su madre abrió la puerta y rompió a llorar al verlos tan demacrados. Aunque la razón que les hizo dejar las drogas es más práctica que el amor materno: “Tuvimos que dejarlo porque volvimos una temporada a Tennessee. Y ahí es imposible encontrar droga decente”.

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